Mostrando entradas con la etiqueta Historias para no dormir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias para no dormir. Mostrar todas las entradas

domingo

Schnee

Después del asesinato, Karin decidió seguir manteniendo la normalidad de las situaciones que esperaban de su presencia. Había notado brechas inevitables que la asediaban en momentos determinados; cuando contemplaba el sofá, cuando cogía la autopista, cuando se bañaba y el agua se deslizaba por sus piernas hasta llegar a sus tobillos, cuando cogía un tren o cuando la noche se apoderaba de su soledad.

Los días pasaban con más o menos normalidad. Las personas no se llegaron a percatar nunca de su fisura. Lo llevaba con gracia, de un modo personal, tierno, incluso divertido. Aceptó, sin entender por qué, que toda la vida estaría allí; la brecha, el resquicio, que no llegaría el momento del olvido eterno. Entendió que la inmortalidad la acompañaría en forma de ataque espontáneo, como un fantasma del pasado, impregnando de dolor la línea del tiempo.

Y mientras las brechas sólo clavaban una aguja hirviendo en la herida, en diversas ocasiones se vulneraba la trinchera que escondía la lava, que escondía la tragedia de su vida. Entonces el drama humedecía el ambiente, el libertinaje con el que interpretaba estas situaciones era desesperante, sin premeditación, sin sentido, una explosión de cinismo sin control. Sucedía entonces que las miradas se cruzaban y todo empezaba a sangrar.

Karin comprendía debido a esos momentos sin justificación que aquel secreto es lo único que le quedaba. Así, mediante la intención, escamoteando pensamientos, evitando y provocando, mirando o sabiendo que la miran, así se mantiene su estúpido humor, su insignificante dignidad. Y evitando la catástrofe de la revelación, vivía inertemente, manteniendo el tipo.

Finalmente, llegó el día de su muerte verdadera, y decidió dejar escrito en algún lugar, que “en algún momento de mi vida quise volver a la escena del crimen, al momento previo del asesinato y volver a sentir…”. Su secreto se fue con ella, rozando siempre el espacio real, acariciando la frontera entre lo inteligible y lo sensible. Agradeciendo no obstante, a pesar del entierro de su integridad, haber acariciado a alguien sin querer teletransportarse a Vancouver.


Gracias Billie.

viernes

Sofias Gehirn

Era de noche, Sofía tenía los ojos llorosos. Una piedra estaba en su zapato. Corría a su casa bajo la lluvia recordando el maravilloso día que había hecho y lo intensa que le parecía la vida por la tarde observando el cielo desde el césped del parque. Una vez un camarero de un restaurante le hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza y nunca lo pudo olvidar. Otra vez vio un cuerpo sin vida en la carretera, la cabeza había desaparecido, el coche de Sofía sufrió un estrago repentino, la atropelló. De esto se olvidó rápidamente, lo sé porque soy una narradora omnisciente.

Era de día. Sofía estaba en Granada llorando mientras bebía una clara. Cada vez que pedía una clara le venía a la cabeza el Claro de luna de Debussy, que prefería eterna e infinitamente más que el de Beethoven. Un hombre bastante atractivo tocaba el sitar en un patio interior y Sofía equiparó la belleza del momento a aquel hombre que cortaba una rama en el campo para construir una flauta. No pasaron demasiados minutos y decidió ir a casa a ver Dos hombres y un destino. Fue un gran día, no se volvió a repetir.

Era de noche. Just when I need you most. Se encontraba en un prado rodeada de canadienses, de vacas libres y de un ciervo. El silencio de la noche se veía agradablemente interrumpido por los sonidos de las sirenas. Ella creía que estaba hablando sola en la playa, ya que ese pensamiento eliminaba el dolor de aquella noche de verano en la que tenía ganas de llorar y no podía porque le daba vergüenza. En el prado, apareció Han Solo. Sofía le dijo “te quiero”. Y Han respondió “lo sé”. Menudo mal trago. Por desgracia, tan sólo era un sueño, ahora volvemos a la realidad.

Era de noche. Sofía estaba muy borracha y un hombre desconocido la acompañaba a su habitación de hotel. Entraron por accidente en una habitación donde una mujer y dos hombres se gritaban los unos a los otros. De fondo, se escuchaba a Gene Kelly cantar “everyone from the place, come on with the rain, I´ve a smile on my face...”. Sofía dijo: Ooooye, vaaamonous de aquí que si escucho eeeel erstribillo lloooraré. El hombre decidió llevarla a su casa en Baker street, ella no sabía donde iban, yo sí porque soy omnisciente. En el armario, tenía fusiles y Sofía lo encontró divertido, eso le hizo sentir muy mal.

Era de día. Por la tarde. Año 2012. Sofía pensaba en el grandísimo desastre de las torres gemelas. Nunca antes había pensado durante tanto tiempo en la importancia de ese acontecimiento. Creyó que debería haber leído más sobre terrorismo islámico en vez de sobre cultura esquimal y méti. De golpe, cuando estaba en el cementerio pensó que debía mirar al cielo puesto que se hizo de noche en cuestión de segundos. Vio un platillo volador de color plateado. La profecía se estaba cumpliendo. Aquel loco tenía razón. Los extraterrestres invadieron el planeta y los reptilianos salieron del centro de la tierra. Fue el final del cerebro de Sofía. Yo, repito, sobreviví porque soy omnisciente.

martes

Begräbnis von Jerry


Estoy prácticamente segura de que les pareceré una mujer fría, por ello quiero dejarles bien claro, ante todo, por motivos simplemente evidentes, que el sentimentalismo, la emoción, la compasión, el amor, la empatía y la generosidad, son banderas que me han acompañado y me acompañarán durante lo que me queda de vida. Quedando esta parte totalmente clara y concisa, debo decir que mis próximas palabras, a pesar de la apariencia, serán egoístas y las utilizaré para satisfacerme e indemnizar de algún modo algo que yo sé que tendría pendiente conmigo misma el resto de mis días.


Jerry Foster era bueno, era despreocupadamente de los mejores, sabía escribir grandes historias, grandes relatos de amor, grandes dramas. A la vez, pintaba y dibujaba con un realismo aterrador siendo capaz al mismo tiempo de destrozar la mismísima lógica y la razón con una simple pincelada. A todo lo que hacía, le rodeaba una especie de estética a lo Baz Luhurman mezclada con la transcendencia y la profundidad del mejor Bergman.

Yo le conocí en Staten Island, como saben muchos de ustedes, ese no era su lugar, y lo cierto es que su lugar no existía, no existía al menos en este planeta. Lo primero que me asombró de Jerry fue su sencillez, fue la simpleza y la templanza que desprendía su modo de ir viviendo, de ir llevando a cabo aquellas pequeñas cosas cotidianas que en cualquiera de nosotros representarían, en muchas ocasiones, una gran monotonía y en consecuencia, una inexplicable desquicia humana. Pero de esa “cualidad”, mal que nos pese a los pesimistas, a los agónicos y a los quejicas, gozan muchos humanos. Vivir con Jerry al principio fue muy bonito, fue realmente bonito, yo estaba enamorada de sus pinturas, de sus historias, tenía montones de pequeños relatos escritos que yo ordenaba alfabéticamente cada tarde para leerme uno cada noche. Era tan perfecto que des del primer momento en que le vi, supe que entre nosotros habría algo pasajero, algo encantador, atractivo y, siendo claros, nada más allá de lo vitalmente bello. Supongo que yo necesitaba a alguien como él a mi lado aquella época, alguien que me trajera cada mañana un zumo de naranja a la cama, alguien que me besara justo cuando lo necesitara y que se dedicara a pintar los melocotoneros mientras yo me fumaba un pitillo y buscaba inspiración en las nubes. Así pasó el primer verano, y pensé, ingenua de mí, que mi vida seguiría así durante unos meses; simplemente sencilla y tranquila al lado de una persona natural, serena y en definitiva, feliz.

Pero llegó un día en que todo cambió, en que mi seguridad y mi independencia se truncaron por su culpa. Un martes acompañé a Jerry a una entrevista que le hacían para una pequeña exposición en Santander, nada del otro mundo, era una de tantas que le habían hecho, sin embargo esta fue diferente, o al menos para mí. Había sido una entrevista tensa, Jerry no tenía su mejor día, y eso me inquietaba mucho. La última pregunta fue “¿Qué querría que ocurriera con su obra cuando usted muera?” Jerry se quedó pensando mucho rato, pensó y pidió tiempo para pensar, para reflexionar. Yo me percaté de que no se trataba de intentar dar una buena respuesta, pero no entendí demasiado la situación ya que estaba acostumbrada a la espontaneidad y rapidez de sus respuestas. Con el tiempo, supongo que me he dado cuenta de que se trataba de algo que él no se había planteado nunca pero que sabía que tenía claro desde que supo que era un artista. Jerry dijo literalmente “Yo soy feliz, soy un hombre alegre y satisfecho con mi vida, tengo a mi alrededor a aquellos que quiero tener y me considero declaradamente feliz. Pero no tengo ningún reparo al decir que la vida es realmente un mal trago, considero la vida una broma pesada por la que hubiera preferido no pasar. Deseo que al morir mi obra muera conmigo, que la quemen, que se queme conmigo, que desaparezca. Cuando yo muera quiero que todo lo mío muera conmigo”. Aquellas palabras se me clavaron dentro, me impactaron y me dolieron durante un tiempo, podría decir que llegaron a asquearme y a la vez provocaron que creciera dentro de mí un sentimiento de rabia, de celos, una necesidad enigmática de estar con él hasta el último día de su vida, de ser parte de su obra y de morir con él. Nunca he podido explicar con exactitud por qué su rechazo a la vida me enamoró, quizás era el equilibrio perfecto gracias a su saber estar y su fuerza ante todo lo que ocurría.


Ya ven, si estoy aquí no es para despedirme de Jerry, ni si quiera para darles estas palabras a ustedes. Si estoy aquí es para poner un punto y final a la vida de un gran artista, para pedirles que entiendan que para él la vida fue algo que, igual que todos nosotros, pasó intentando hacer lo que mejor se le daba, que en su caso fue crear belleza a su alrededor. No les pido que olviden a Jerry, no les pido que quemen museos ni que descuelguen sus cuadros de sus salones. Sólo estoy aquí evidenciando y representando la muerte y el final de una etapa. Como sospechan, después de aquella entrevista desapareció una gran parte de mí. He sido parte de Jerry por codicia, por egoísmo, por querer sentirme viva en el epicentro del arte en estado puro. Él lo sabía, y aun así me dio la existencia más feliz que jamás pude imaginar, mi vida ha sido un cuento de hadas escrito por un hombre que a pesar de que no quería vivir, supo hacerlo mejor que muchos que dicen estar vivos. Hoy entierro a mi marido, entierro sus pinturas, sus historias, sus zumos de naranja, sus besos y en cierto modo, me entierro a mí misma también. Hoy, señoras y señores, tengo sesenta y nueve años y vuelvo a nacer.

Espero que la hayas encontrado Jerry, espero que hayas encontrado, de nuevo, la paz.

Gracias.

viernes

Sommer



Había una pared entre el tiempo que llevaba viajando y el lugar al que quería llegar. Había muchos años de distancia, de diferencia. Qué caluroso era el verano y nada había cambiado, esperaba la respuesta de Ana, la respuesta de Rosa. La higuera desaparecía lentamente en el tiempo, los dibujos del prado con su verde intenso se iban desvaneciendo, se convertían en vagos recuerdos y eso le apenaba ¿le quedaban las calles?, ¿le quedaban sus amigos y largas noches de reflexiones en un bar? Ni si quiera sabía eso. La respuesta de Ana o la respuesta de Rosa. Su vida sólo reaccionaba ante el frío del invierno, los veranos le servían para asumir errores, para reposar pasiones. Algún mosquito de vez en cuando le hacía reaccionar. Se acordaba de Henry, de Cris, de aquella mujer bajita que no hablaba, ¡y cómo llegó a aprender de su silencio! Rosa lo miraba cada vez que bebía, lo miraba y punto, era peor que una palabra, mala como un televisor entrelazado 50i. Acción, él necesitaba acción desenfrenada, un ejército a su disposición, una lista sagrada, un libro con más referencias que la mismísima Biblia. Ana le hablaba sin parar, lo llamaba por teléfono haciéndole dudar del compás de su respiración. Qué vida le daban, no se lo merecía, era un hombre trabajador, un hombre bueno y compasivo cuya seguridad se basaba en la irrefutabilidad de su cobardía. Definitivamente no merecía tal calvario porque la vida era justa de por sí y los acontecimientos debían ocurrir de un modo físico y matemático. Como aquel hombre que nunca erró y vivió la vida como lo que es; un regalo justo, adecuado, equilibrado, acertado. Todo va bien y el vaso… ¿a caso no va siempre lleno hasta arriba?


jueves

Die australische perle


¡Chico!, ¿sientes los gritos del veneno? ¿Y no te duelen? Tú y yo estamos lejos de los aullidos, no hemos bebido de la poción, pero, deberías saber que cuando me levante mañana no seguiré mintiendo. Sí, hoy sí, lo he hecho bien, he acabado con todos los clones de la galaxia, ¿sabes cómo? he seguido las marcas rojas que Elena dejó en el suelo. Concéntrate en el juego y no hables.


Sigamos corriendo chico, tenemos encima un estómago de nubes negras y la manada no lo sabe, pero lloverá. Pareces un poeta tahitiano mirándome así. Estoy sangrando chico, por mucho azúcar que le eche, esto sigue estando amargo, ¿lo podremos solucionar? Tenemos que pensar qué haremos después, es sospechoso que no me hastíes o me incomodes, mi dolor no es culpa tuya.


Estoy sangrando chico y no quiero que esto acabe como Moulin Rouge. Gracias por no haberte ido ¿recuerdas el tren del limonero? ¡Tengo miles de cosas para explicarte! Antes casi me rompo un brazo intentando conseguir el regalo que te voy a hacer. ¡Son perlas! ¡Perlas del mar del Sur! Estoy segura de que te encantarán, son australianas y el mundo entero siente curiosidad por los canguros.


Pareces un pintor flamenco mirándome así. Son historias ciertas chico, me cuesta recordarlas, sólo es eso. Somos jóvenes pero ahora mismo podría cumplir setenta años si me lo propusiera. No sé si deberías saberlo, pero estoy sangrando. Yo quería ser como Indiana Jones y en vez de buscar el arca perdida, encontrar la perla australiana. Lo cierto es, que haciendo peripecias tuve un pequeño accidente.


Maldita sea, si te callaras y te pudiera explicar todo lo que estoy pensando quizás nos daría tiempo de llamar a un médico para salvarme la vida. Chico, lo nuestro continuará.

miércoles

Balzac im fenster


Cuando Diana miraba a su perro Bogart veía que las historias de amor eran como los fusibles de la luz, pero no sabía por qué. Se había cortado el flequillo aquella tarde porque echaba de menos preocuparse por la perfección de su pelo los días de viento. Había quedado con Fernando para ir al cine y deseaba que en aquel preciso instante Bogart empezara a hacer malabares con los mandos de la televisión. De pronto, escuchó ruidos que provenían de fuera, había alguien en su balcón dando golpecitos al cristal.

_¡Las ilusiones perdidas!_ gritaba.
_Cada vez más escandaloso_ Pensó Diana. Abrió la ventana y un hombre grueso con la mano derecha en el pecho se presentó, asumida esta (la presentación) como una costumbre:
_Hola, soy Honoré de Balzac, si hay un sentimiento innato en el corazón del hombre ¿no es el orgullo de dispensar una protección constante a un ser débil?, unid a eso el amor, esa viva gratitud de todas las almas francas por la razón de sus goces y comprenderéis un sinfín de rarezas morales_ Maldito Honoré, qué bueno era.
_Perdone, señor rococó, pero Fernando me espera para ir al cine esta tarde.
_No estoy dispuesto a aguantar las cuchufletas de cualquier descamisada cuya voluntad es prender fuego a la mecha de mi paciencia. Escúcheme atentamente filbustera tuercebotas, ¿díjole Fernando anteayer su ambición de amarla hasta el último eclipse?.
_Sí, Honoré, así ocurrió, no hubo el mínimo indicio de razonamiento y lógica en sus palabras.
_Diana de lindo talle de avispa, se encuentra metida en un buen atolladero, ¿es necesario tener caballos briosos, libras y oro a raudales para conseguir la mirada de una mujer como usted? Y bien clara la respuesta se halla en el sí.
_Sabrá usted que en ocasiones hay que echar mano de un sinfín de cabriolés para frecuentar el gran mundo.
_Sí madame Diana, pero los guantes de gamuza blancos y las cadenillas de oro no compensaran en esta vida las verdaderas rabietas sordas de amor que una mujer de guantes amarillos y pestañas albinas como usted no podrá jamás llegar a sentir en sus entrañas_

Maldito Honoré, siempre igual, subía hasta su balcón cada mes para hacerle un lavado exhaustivo de consciencia. Diana llamó a Fernando, hablarían seriamente de su relación al día siguiente.


Algo que está de más y te cuesta entender


Cuando estaba hablando no podía dejar de fijarme en sus manos, en cómo se paseaban, agresivas, por el aire de su alrededor, empujando su brisa hacia cada esquina de la triste sala de espera. Empecé a bufar, a cerrar y abrir los ojos, a morderme la piel de mi dedo índice, a fumarme el dedo meñique, a hacerme la interesante pareciendo despreocupada, estaba tan segura de que lo que sentía volvía a ser tan grande que, como cuando has comido más de la cuenta, tenía que explotar. Toda mi entumecida piel de gallina y mi feo rostro colgando de mi cabeza, no hacían más que resentirse y desdichar el día en que nació en mí este absurdo complejo freudiano.
¿Y qué hacer? ¿Qué hacer cuando ocurre algo así?
Entonces supe que no iba a poder escapar de sus manos, recordé lo pesada que soy para estas cosas, por eso le hice una fotografía, como Jesse a Celine, pero sin levantar sospechas, como cuando de pequeñita espiaba desde mi terrado cómo trabajaba Eloy bajo el sol. Eloy responde por mí a la pregunta ¿qué serías si volvieras a nacer, hombre o mujer? (Próximamente me autoresponderé, aunque ya sé la respuesta y (Mei también)). De hecho tengo una fotografía de Eloy, bastante insinuante la verdad, que se me aparece y se me desaparece a la velocidad del rayo, como los fotogramas de Tyler Durden al principio de la película de El club de la lucha, cada vez que veo a una persona del género masculino. Mi cerebro es el condón de unas manos, parece un cuadro de Salvador Dalí.
Si ya lo sé, no me he explicado bien esta vez, es que llevo un rato pensando en el reflejo del sol sobre el pelo rubio de Eloy, pero necesito dejarlo escrito para no contagiarlo de mortalidad (convertir mis recuerdos en algo inmortal, como un cuadro del plasta de Dalí).

No soy de coleccionar todo lo que pillo, sin embargo hay cosas, sobretodo cosas no sensibles, que no te das cuenta que coleccionas hasta que tienes la colección prácticamente acabada.


Ya ves, tampoco me gusta acabar así, no soy nada breve (menos en el remigio).
Lo estropeé, solución:

No suelo coleccionar todo lo que pillo, sin embargo hay cosas, sobretodo cosas no sensibles, que no te das cuenta que coleccionas hasta que tienes la colección prácticamente finita.

sábado

Die Verwandlung

Qué seria está Rosa. Lee La metamorfosis de Kafka sentada en el porche a unos pasos de mí. Me está escuchando, sabe que no hablo con mi madre. Sí, no ha ido mal, estoy un poco cansado del viaje, ya sabes que los aviones me dan dolor de cabeza. La veo reflejada en el ventanal de la casa, incluso seria y ofuscada está preciosa, con esos aires de intelectual a pocos metros de mi, hace que recuerde a Gregor andando hacia atrás. ¿Mi familia? Muy bien, los años parece que no pasen para ellos, vivir en la ciudad hace que te olvides de que aun hay gente que vive del campo. El verano pasado, antes de volver a Barcelona le dije que a una mujer le favorecía más leer poesía española antes que relatos existencialistas alemanes, pero ella nunca me ha hecho caso, y allí está ahora, haciendo ver que lee a Kafka y poniéndome nervioso como consigue hacer siempre. Sí, sí, ahora estoy instalándome, mi tío está llevando las maletas del taxi a mi habitación. En cuanto cuelgue iré a decirle a Rosa que este verano no ocurriría lo de siempre, ahora ya somos adultos, o al menos un poco más y le diré claramente lo que llevo ensayando todo el año “Rosa, no te he llamado porque he sentado la cabeza, ahora tengo novia y la quiero” o de eso me intento convencer poco a poco. ¿No te lo he dicho Ana? Pues porque me gusta estar aquí, desconectar de la ciudad me va bien durante unos días al año. Mentira, llevo poniendo esa excusa desde que tengo uso de razón. Me ahoga más una mirada de Rosa que toda la atmósfera contaminada de todas las grandes ciudades europeas. Yo también te echaré de menos, en pocas semanas estaré de vuelta. Me mira seria porque me voy alejando para que no escuche la despedida, pero ahora ya no disimula que lee, hace un gesto con la mano, me pide que me gire para verme la cara, ella también me veía. Me giro. Me pide que me acerque. Y no tengo más remedio que acercarme, porque la quiero y haría lo que ella me pidiese en cada momento. Yo… yo también te… La quiero más que nunca, me acaricia con sus ojos, leo en ella que quiere que cuelgue el teléfono antes de decir una barbaridad, siempre nos hemos entendido con una mirada y ella me está diciendo que cuelgue y no diga nada, porque cuando lo haga vendrá corriendo, me cojera de la mano y me llevará a su habitación a enseñarme los dibujos que hizo en invierno. Que yo, yo también, también te quiero Ana. Cuelgo sin a penas fuerzas, como si acabara de escupir encima de todo el amor que he sentido por mi prima. Rosa se levanta, me mira a los ojos y sonríe; “No te voy a enseñar mis dibujos, ni como los tomates son más rojos que nunca, ni como ha quedado la higuera después de la tormenta de otoño, ya no te voy a esperar nunca más”

Il tempo

Sábado 20/08/89

Esta tarde he salido a pasear por la plaza de San Marcos, como todo el mundo hace en Venecia un buen sábado soleado. Estoy más contenta que nunca porque he conocido a un español muy guapo, parecía el mismísimo Peter O’toole, ha sido el primer desconocido con el que hablo en Venecia, hablamos en inglés durante horas y horas, me sorprendió mucho porque su inglés era casi mejor que el mío, casi, casi. Luego, él recitó en español unos versos muy hermosos que no entendí a penas. Poco a poco se fue haciendo de noche y el desconocido me dijo que llegaba tarde a algun lugar, ambos estubimos deacuerdo en volvernos a ver por eso escribí rápidamente en una servilleta “Pensione Aurora, Via Fratelli Nº174. ¡En la terraza!”. Peter O’toole cojió el papel y me besó en la frente mientras se lo metía en el bolsillo. Ha sido la mejor tarde de toda mi vida incluso mejor que la fiesta de cumpleaños que Giuditta me organizó el mes pasado.



Sábado 24/07/92

Llevo aquí sentada tres años y medio de mi vida, voy observando Venecia, lentamente, con prudencia y cautela, lo que más disfruto son las mañanas, las mañanas venecianas son las más bonitas de Italia; las barcas rompiendo el reflejo del sol en el agua de los canales, los edificios color pastel, el silencio y el ruido. Llevo aquí tres años sentada en una antigua hamaca, sintiendo como el día quema mi piel y la noche la cura, agonizando el fuego en mis córneas y aprovechando la lluvia para llorar. Giuditta sabe por qué estoy aquí y a medida que pasan los días se acostumbra más a mis manias y costumbres, en ocasiones viene y me fotografia por sorpresa, a veces también la oigo hablar con clientes; les habla de una americana que lleva años sentada en la hamaca de su terraza exterior. Hoy celebramos mi cumpleños, es una fecha muy especial porque en Venecia sólo se celebra una vez al año, Gisella, Mauro y Fabio son los únicos invitados oficiales pero cada año traen nueva compañía. Yo les digo siempre que me hagan una lista de los presentes y además que les envien unas invitaciones en condiciones, me gusta tenerlo todo bajo control, pero hay algo que sobretodo, por encima de cualquier cosa, no se deben olvidar; y es el poner el día y la hora a la que empieza el evento, vaya a ser que lleguen tarde.

Todavía no lo sé

"Esta vez no ocurriría lo de siempre, esta vez todo iría bien" pensaba mientras me dirigía a la cafetería de la calle Mazzarino.
Una vez en mi mesa ocurrió, allí venía de nuevo, se acercaba a mí sigilosamente, aquella tarde parecía la mismísima muerte vestida de cowboy. Yo, en realidad, tenía tanto miedo que me había hecho pis encima y me estaba mojando todo el vestido de seda, además apareció la terrorífica idea de pensar que mis bambas luminosas nuevas podrían estropearse con la humedad y dejar de hacer luz. Sin embargo eso pasó a ser el último plato cuando pensé en lo que el ahijado de mi tía abuela siempre me advertía “alguno de estos días el ejercito del emperador Calígula te encontrará y ya podrás pedir clemencia que no tendrá piedad contigo” el pensar en mi posible muerte rodeada por una serie de chirigoteros borrachos reencarnados en soldados del imperio romano hizo que me olvidara por unos instantes dentro del tiempo que cabe entre segundo y segundo de que aquel hombre se acercaba paso a paso a mi mesa, a mi zona, a mi propiedad. Entonces supe que mi misión era pensar algo inteligente antes de que aquel demonio me preguntara lo que venia a preguntarme, pero lo olvidé, olvidé por completo mi objetivo cuando pude observar a lo lejos una mujer que lloraba emocionada leyendo el diccionario oficial de la Real Academia Española, me dio tantísima pena el pensar que no podía levantarme para ir a comprar uno para mí a la librería de la esquina por culpa del charco que había dejado debajo de la mesa que desee con todas mis fuerzas que se evaporara la orina para poder marcharme, y tantísimo lo desee que así sucedió, el charco entonces estaba en el techo. Desgraciadamente, justo cuando me iba a levantar, aquel hombre vestido de negro y más recto que un palo de golf ya estaba plantado delante mío y no se le ocurrió otra cosa mejor que preguntar: ¿Qué va a tomar señorita?. Lo hizo, realizó la maldita pregunta que nunca supe responder. Así que allí me quedé, sonriéndole sin que me viera la cara y murmurando en voz baja: "Todavía no lo sé…"

domingo

¿Qué es lo más extraño que te ha sucedido nunca?

Sucedió a mediados de siglo pasado, mi ex marido Tomás y yo, en una de nuestras excursiones por América, habíamos cabalgado durante días y estabamos tan reventados que al llegar a Nueva Jersey nos dirigimos al primer bar que encontramos para tomar una copa, y tan solo entrar por la puerta, unos tipos que jugaban al póquer y fumaban tabaco negro tomaron a mi ex marido por los pies y lo pusieron boca-bajo, sacudiéndole como si fuera un trapo sucio. Entonces, de sus bolsillos empezaron a salir cosas de todo tipo, cosas que jamás hubiera imaginado que estuvieran allí: Un ventilador a pilas, una grapadora industrial, una cría de tigre malayo, un cazador venezolano y por último, un fajote de billetes grapados. Cuando ese escuadrón de matones pistoleros se dieron cuenta de que lo que buscaban no residía en los bolsillos de mi ex marido decidieron ejecutar el mismo procedimiento de búsqueda con el cazador venezolano, de los bolsillos del cual salieron siete ejemplares de “Así habló Zaratustra”, un Buzuki irlandés, una receta para hacer mantecados y un póster de Borís Yeltsin haciendo un pastel de vino. La situación no podía ser más caótica, el barman, un hombre que me recordaba mucho a un cocinero italiano que conocí en Cuba, empezó a chapotear su lengua de paladar a paladar emitiendo un sonido similar al que emite el rinoceronte al nacer, la cría de tigre malayo se había metido en los pantalones de uno de los pistoleros y mi ex marido leía a Nietzsche colgado de la lámpara mientras el cazador venezolano hacía puntería en el trasero de otro de los pistoleros que tocaba el Buzuki irlandés corriendo por el bar. De repente, justo en el instante en que nada, físicamente posible, podía ser más extraño, una tribu africana de Maasais liderada por un chaman parecido a Clark Gable, entraron al bar haciendo una danza tradicional africana, se acercaron a mi, me estiraron encima de una hamaca verde y emprendimos viaje rumbo a Mauritania mientras el chaman me cantaba canciones al oído.
Si, creo que es lo más raro que me ha pasado nunca.
O quizás no... la verdad es que me acaba de venir a la cabeza un día en que...

jueves

Querido Alfred

Supongo que a estas alturas ya sabrás que la locomotora que pasa por el jardín de mi casa de verano, arrasó mi limonero. Y ahora ya no cuento limones pensando que te parece una estupidez que parezca que pienso que los limones me recuerdan a ti, por que ya no tengo limones. Estoy muy fuera de tiempo, lo sé, pero tu tranquilo, que lo tengo cogido de la cola y de momento no se escapa.

Últimamente no hago más que recordar la rabia que te daba que te gustara, cuando sabías que no era así, así de buena para tu bien estar, así de tranquila cuando llegabas a casa después de 5 años en Sudan. No nos echábamos de menos, ni nos echábamos de más, nos echábamos lo justo, sin empachar. Sabías que entendiéndome jamás tendríamos problemas, que cuando mi bastante fuera tu bastante, bastante bueno o bastante malo, pero suficiente para los dos, todo iría sobre ruedas. Como la locomotora que mañana cogeré, así es Alfred, me llevará lejos de la arena, cerca de las montañas, me llevaré a ellas todo lo mío, incluso el diente que me arrancaste una noche en navidad. Ya prometí echar de menos mi casa y mi jardín, y aunque tu silla quede vacía cargaré con lo único que no puedo borrar, el recuerdo de mucho tiempo a tu lado y la última vez que te vi.

Aquí te dejo, en un nuevo planeta...
...demasiado nuevo para mí
Como iba diciendo, esa mujer vestida de rojo y de belleza relativa empezó a chillarme en ruso, lo sabía por qué mi madre había vivido en Rusia durante muchos años, y en ocasiones, cuando era bien pequeñito, me cantaba canciones populares, como la Kalinka Malinka por ejemplo, y otras veces aprovechaba la potencia fonética del ruso unida a mi ignorancia respecto a su significado para cagarse en el maldito momento en que me parió.
Mi madre disfrutaba como un guisante cuando reproducíamos la batalla de Stalingrado en la terraza, a mi siempre me tocaba ser alemán, y cuando me capturaba me encerraba durante 5 horas con llave en su matrioska de 2 metros.
… y en fin, como te iba diciendo, ¡ah si! Снаружи! Видься! Seguía gritando la mujer. Yo solo podía percibir en sus berridos que mi visita no era de su agrado. No sé exactamente qué hacía ella allí, esa había sido mi casa hasta el momento, así que cogí, di media vuelta y me marché a casa de mi prima.

Así, ¿sin más?

¿Y qué más quieres que te cuente? El resto ya lo sabes, nos conocimos, nos casamos…

Me refiero a que ni si quiera intentaste averiguar qué hacía esa mujer en tu casa. ¿No te pareció raro?

A mi no me gusta meterme en los problemas de los demás, esa mujer no llegó a mi casa trepando por una hiedra, si estaba allí era por que alguien le dio la llave y le dijo que podía quedarse sin ningún problema. Pues no iba a ser yo el que la molestara echándola de lo que ella creía que era su casa.

No entiendo nada de nada, pero a ver, ¿no crees que podía tener alguna relación con tu madre? Como has dicho que pasó una temporada en Rusia.

No hagas deducciones baratas, eso solo son bobadas, mi madre nunca haría algo así, además, hace más de 10 años que no sé nada de ella, sé que se fue de vacaciones a Barcelona, con una amiga, y conoció a un cantaor flamenco en un patio andaluz, fueron a vivir juntos allí donde cristo perdió la alpargata, en un lugar cerca de los Alpes y años más tarde se marcharon en busca de un monasterio budista muy importante, en Escocia, ya no supe nada más de ella.

¿Y llevas viviendo 4 años conmigo y no has sido capaz de explicarme todo esto hasta ahora?

Tampoco me lo habías preguntado nunca, cariño.