miércoles

Algo que está de más y te cuesta entender


Cuando estaba hablando no podía dejar de fijarme en sus manos, en cómo se paseaban, agresivas, por el aire de su alrededor, empujando su brisa hacia cada esquina de la triste sala de espera. Empecé a bufar, a cerrar y abrir los ojos, a morderme la piel de mi dedo índice, a fumarme el dedo meñique, a hacerme la interesante pareciendo despreocupada, estaba tan segura de que lo que sentía volvía a ser tan grande que, como cuando has comido más de la cuenta, tenía que explotar. Toda mi entumecida piel de gallina y mi feo rostro colgando de mi cabeza, no hacían más que resentirse y desdichar el día en que nació en mí este absurdo complejo freudiano.
¿Y qué hacer? ¿Qué hacer cuando ocurre algo así?
Entonces supe que no iba a poder escapar de sus manos, recordé lo pesada que soy para estas cosas, por eso le hice una fotografía, como Jesse a Celine, pero sin levantar sospechas, como cuando de pequeñita espiaba desde mi terrado cómo trabajaba Eloy bajo el sol. Eloy responde por mí a la pregunta ¿qué serías si volvieras a nacer, hombre o mujer? (Próximamente me autoresponderé, aunque ya sé la respuesta y (Mei también)). De hecho tengo una fotografía de Eloy, bastante insinuante la verdad, que se me aparece y se me desaparece a la velocidad del rayo, como los fotogramas de Tyler Durden al principio de la película de El club de la lucha, cada vez que veo a una persona del género masculino. Mi cerebro es el condón de unas manos, parece un cuadro de Salvador Dalí.
Si ya lo sé, no me he explicado bien esta vez, es que llevo un rato pensando en el reflejo del sol sobre el pelo rubio de Eloy, pero necesito dejarlo escrito para no contagiarlo de mortalidad (convertir mis recuerdos en algo inmortal, como un cuadro del plasta de Dalí).

No soy de coleccionar todo lo que pillo, sin embargo hay cosas, sobretodo cosas no sensibles, que no te das cuenta que coleccionas hasta que tienes la colección prácticamente acabada.


Ya ves, tampoco me gusta acabar así, no soy nada breve (menos en el remigio).
Lo estropeé, solución:

No suelo coleccionar todo lo que pillo, sin embargo hay cosas, sobretodo cosas no sensibles, que no te das cuenta que coleccionas hasta que tienes la colección prácticamente finita.

jueves

"Soy feliz, soy un hombre feliz, y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad"

Óyeme un segundo, a mi me gustan estos momentos y precisamente por eso me da miedo explicarte cómo los vivo.
No quiero hablar de claros de luna, de ojos azules o de lágrimas en el mar, hablo sólo de un comentario gracioso o de una tontería que hace que me tronche de risa, como cuando Pablo llega tarde a clase y se excusa diciendo tuvo que salvar a un grupo en ancianos de un león, o cuando Pilar imita a la profesora de historia o cuando cantamos canciones de verano en el autobús. Todas estas cosas me cuesta disfrutarlas sabes… tengo la maldita manía de convertir todo lo que ocurre a mi alrededor en un poema, como si todo fueran instantes bonitos, instantes que ocurren en el estrecho margen de una fotografía, o en el transcurso de una escena de una película, cuando los personajes ríen y se escucha de fondo una canción melancólica. No sé si cuando río me estoy divirtiendo, no sé si alguien sentimental y llorica puede llegar a divertirse en alguna ocasión, no sé si puedo dejar de pensar cuando me río. ¿Contarte esto me convierte en alguien aburrido? pues imagínate como vivo los momentos que también son especiales para tí.

viernes

je ne pleurerai pas

Se breve, haz el favor de serlo, breve como una caída, impáctame si es necesario, no lloraré ya lo verás. Mis pensamientos hacen la mariposa en el sudor de mis manos, no importa, tú se breve y de mis asuntos me encargo yo, que tengo un plan. Qué incómodo estoy con esta ropa, qué poco me interesa el puerco espín de la puerta, el hombre que cuelga del sol.
Te dije una vez cómo era el planeta cuando parpadeaba; de repente te veo a ti, morena y dulce, de repente parpadeo porque noto que mis ojos empiezan a secarse y en una milésima de segundo veo un campo que no puedo describir, es sólo campo, sólo verde, ni si quiera hay diferentes tonos, sólo un árbol que no puedo decirte qué tipo de árbol es.
Nunca había imaginado que fueras a morir, te he imaginado de todos los colores, manifestándote en formas diferentes, en animales exóticos. Te he imaginado bailando flamenco en Suecia, en Portugal, en Vancouver. Te he imaginado llorando porque sí y llorando porque no, jugando a dominó con Sean Penn, incluso poniendo una lavadora o yendo a comprar mantequilla. Pero esto no, no sabía que la imaginación tenía límites, con esto no creía que llegarías a sorprenderme.
¿Pensabas dejarme aquí sentado?, ¿escuchando el debate de las mañanas de cuatro?, ¿escuchando el sonido constante de los no latidos de tu corazón? He venido porque has alterado mi vida, me dieron la noticia de que te ibas y vengo a irme contigo, a cerrar los ojos para siempre, para que llueva eternamente y el viento no seque mis pupilas, para ver así un campo verde interrumpido por tres sombras, la de un árbol desconocido y la de nosotros dos compartiendo un zumo tropical. Tú tan solo se breve, haz el favor de serlo, breve como una caída y cuando estés de cara al universo, estirada, espérame quieta, que en pocas horas estaré a tu lado.
Seulement ainsi je ne pleurerai pas.

domingo

Matryoshka

No tengo secretos porque me espía desde dentro. He perdido el apetito desde que me lo comí, se ha convertido en una enfermedad sin nombre, no puedo hablar con él porque no puede escucharme y sin embargo es horrible saber que conoce todo lo que pienso y no saber qué opina al respecto. Es un virus que no se corta las uñas y me rasca los huesos cada noche, me muerde las arterias cada mañana y se cuelga de las cuerdas vocales por la tarde, ¿puedes imaginar cómo duele verdad? Pero el dolor no me importa, estoy tan enamorada de él, es el sujeto de mis lamentos, la prueba de que no estoy sola conmigo misma... y además cuando duermo escucho su voz, me dice cosas muy bonitas, consigue que olvide respirar y que mis dedos bailen sin orden previa, son cosas que nadie me dirá nunca porque nadie sabe que existen cosas así. Hace que me sienta al borde de la muerte en cada instante y que me de igual. No tengo secretos porque me espía desde dentro, ojalá yo pudiera hacer lo mismo con él.

sábado

Die Verwandlung

Qué seria está Rosa. Lee La metamorfosis de Kafka sentada en el porche a unos pasos de mí. Me está escuchando, sabe que no hablo con mi madre. Sí, no ha ido mal, estoy un poco cansado del viaje, ya sabes que los aviones me dan dolor de cabeza. La veo reflejada en el ventanal de la casa, incluso seria y ofuscada está preciosa, con esos aires de intelectual a pocos metros de mi, hace que recuerde a Gregor andando hacia atrás. ¿Mi familia? Muy bien, los años parece que no pasen para ellos, vivir en la ciudad hace que te olvides de que aun hay gente que vive del campo. El verano pasado, antes de volver a Barcelona le dije que a una mujer le favorecía más leer poesía española antes que relatos existencialistas alemanes, pero ella nunca me ha hecho caso, y allí está ahora, haciendo ver que lee a Kafka y poniéndome nervioso como consigue hacer siempre. Sí, sí, ahora estoy instalándome, mi tío está llevando las maletas del taxi a mi habitación. En cuanto cuelgue iré a decirle a Rosa que este verano no ocurriría lo de siempre, ahora ya somos adultos, o al menos un poco más y le diré claramente lo que llevo ensayando todo el año “Rosa, no te he llamado porque he sentado la cabeza, ahora tengo novia y la quiero” o de eso me intento convencer poco a poco. ¿No te lo he dicho Ana? Pues porque me gusta estar aquí, desconectar de la ciudad me va bien durante unos días al año. Mentira, llevo poniendo esa excusa desde que tengo uso de razón. Me ahoga más una mirada de Rosa que toda la atmósfera contaminada de todas las grandes ciudades europeas. Yo también te echaré de menos, en pocas semanas estaré de vuelta. Me mira seria porque me voy alejando para que no escuche la despedida, pero ahora ya no disimula que lee, hace un gesto con la mano, me pide que me gire para verme la cara, ella también me veía. Me giro. Me pide que me acerque. Y no tengo más remedio que acercarme, porque la quiero y haría lo que ella me pidiese en cada momento. Yo… yo también te… La quiero más que nunca, me acaricia con sus ojos, leo en ella que quiere que cuelgue el teléfono antes de decir una barbaridad, siempre nos hemos entendido con una mirada y ella me está diciendo que cuelgue y no diga nada, porque cuando lo haga vendrá corriendo, me cojera de la mano y me llevará a su habitación a enseñarme los dibujos que hizo en invierno. Que yo, yo también, también te quiero Ana. Cuelgo sin a penas fuerzas, como si acabara de escupir encima de todo el amor que he sentido por mi prima. Rosa se levanta, me mira a los ojos y sonríe; “No te voy a enseñar mis dibujos, ni como los tomates son más rojos que nunca, ni como ha quedado la higuera después de la tormenta de otoño, ya no te voy a esperar nunca más”

Il tempo

Sábado 20/08/89

Esta tarde he salido a pasear por la plaza de San Marcos, como todo el mundo hace en Venecia un buen sábado soleado. Estoy más contenta que nunca porque he conocido a un español muy guapo, parecía el mismísimo Peter O’toole, ha sido el primer desconocido con el que hablo en Venecia, hablamos en inglés durante horas y horas, me sorprendió mucho porque su inglés era casi mejor que el mío, casi, casi. Luego, él recitó en español unos versos muy hermosos que no entendí a penas. Poco a poco se fue haciendo de noche y el desconocido me dijo que llegaba tarde a algun lugar, ambos estubimos deacuerdo en volvernos a ver por eso escribí rápidamente en una servilleta “Pensione Aurora, Via Fratelli Nº174. ¡En la terraza!”. Peter O’toole cojió el papel y me besó en la frente mientras se lo metía en el bolsillo. Ha sido la mejor tarde de toda mi vida incluso mejor que la fiesta de cumpleaños que Giuditta me organizó el mes pasado.



Sábado 24/07/92

Llevo aquí sentada tres años y medio de mi vida, voy observando Venecia, lentamente, con prudencia y cautela, lo que más disfruto son las mañanas, las mañanas venecianas son las más bonitas de Italia; las barcas rompiendo el reflejo del sol en el agua de los canales, los edificios color pastel, el silencio y el ruido. Llevo aquí tres años sentada en una antigua hamaca, sintiendo como el día quema mi piel y la noche la cura, agonizando el fuego en mis córneas y aprovechando la lluvia para llorar. Giuditta sabe por qué estoy aquí y a medida que pasan los días se acostumbra más a mis manias y costumbres, en ocasiones viene y me fotografia por sorpresa, a veces también la oigo hablar con clientes; les habla de una americana que lleva años sentada en la hamaca de su terraza exterior. Hoy celebramos mi cumpleños, es una fecha muy especial porque en Venecia sólo se celebra una vez al año, Gisella, Mauro y Fabio son los únicos invitados oficiales pero cada año traen nueva compañía. Yo les digo siempre que me hagan una lista de los presentes y además que les envien unas invitaciones en condiciones, me gusta tenerlo todo bajo control, pero hay algo que sobretodo, por encima de cualquier cosa, no se deben olvidar; y es el poner el día y la hora a la que empieza el evento, vaya a ser que lleguen tarde.

Todavía no lo sé

"Esta vez no ocurriría lo de siempre, esta vez todo iría bien" pensaba mientras me dirigía a la cafetería de la calle Mazzarino.
Una vez en mi mesa ocurrió, allí venía de nuevo, se acercaba a mí sigilosamente, aquella tarde parecía la mismísima muerte vestida de cowboy. Yo, en realidad, tenía tanto miedo que me había hecho pis encima y me estaba mojando todo el vestido de seda, además apareció la terrorífica idea de pensar que mis bambas luminosas nuevas podrían estropearse con la humedad y dejar de hacer luz. Sin embargo eso pasó a ser el último plato cuando pensé en lo que el ahijado de mi tía abuela siempre me advertía “alguno de estos días el ejercito del emperador Calígula te encontrará y ya podrás pedir clemencia que no tendrá piedad contigo” el pensar en mi posible muerte rodeada por una serie de chirigoteros borrachos reencarnados en soldados del imperio romano hizo que me olvidara por unos instantes dentro del tiempo que cabe entre segundo y segundo de que aquel hombre se acercaba paso a paso a mi mesa, a mi zona, a mi propiedad. Entonces supe que mi misión era pensar algo inteligente antes de que aquel demonio me preguntara lo que venia a preguntarme, pero lo olvidé, olvidé por completo mi objetivo cuando pude observar a lo lejos una mujer que lloraba emocionada leyendo el diccionario oficial de la Real Academia Española, me dio tantísima pena el pensar que no podía levantarme para ir a comprar uno para mí a la librería de la esquina por culpa del charco que había dejado debajo de la mesa que desee con todas mis fuerzas que se evaporara la orina para poder marcharme, y tantísimo lo desee que así sucedió, el charco entonces estaba en el techo. Desgraciadamente, justo cuando me iba a levantar, aquel hombre vestido de negro y más recto que un palo de golf ya estaba plantado delante mío y no se le ocurrió otra cosa mejor que preguntar: ¿Qué va a tomar señorita?. Lo hizo, realizó la maldita pregunta que nunca supe responder. Así que allí me quedé, sonriéndole sin que me viera la cara y murmurando en voz baja: "Todavía no lo sé…"